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Se sigue excluyendo la pluralidad, organización y participación civil

Miércoles 05 de enero, 2011.
08:30 am
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UAM/Investigación Oaxaca, México.- Sin un sustrato social activo que reconozca lo que haya de rescatable de la historia y que deseche las herencias perniciosas, el quehacer institucional no encontrará este correlato indispensable en el plano cívico cultural capaz de asegurar la viabilidad de sus iniciativas y que se muestre competente de orientar y delimitar democráticamente el ejercicio del poder.   El doctor Roberto Gutiérrez, de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), sostuvo además en su ponencia El nacionalismo revolucionario como discurso hegemónico: sus efectos sobre la racionalidad democrática, que el consenso sobre el cual descansó por largos años la estabilidad del sistema político mexicano se mantuvo en gran medida por el lugar marginal en el imaginario colectivo que tuvieron los proyectos alternativos.   En el encuentro organizado por la Cátedra Michel Foucault, en la Unidad Xochimilco en el marco de presentada en la Jornada de Estudios Rememoraciones 1810-1910. Dos Siglos de Luchas Sociales Olvidadas, dijo que “a pesar de que la cultura hegemónica estuvo acompañada por la falta de respeto a la legalidad, la desigualdad, la inequidad y el rezago, las expectativas sociales se jugaron básicamente en su terreno gracias a la multiplicación de instituciones y organizaciones amplias, y al mismo tiempo excluyentes, que estructuraron la vida pública mexicana reciclando continuamente el llamado factor esperanza”.   El académico de la Unidad Azcapotzalco expresó que como en todo paradigma cultural asociado a la categoría de revolución, aquel que predominó sin contrapesos estructurales relevantes durante más de cinco décadas generó una manera de entender la política en la que se combinaron eficazmente el inmediatismo político y la certeza ideológica de que la pluralidad, la organización y la participación civil representaban una anomalía en la dinámica de la construcción de la unidad nacional, y que por tanto no merecían tener los incentivos correspondientes.      “La fragilidad jurídica, organizacional y ética de nuestra joven democracia deriva, en buena medida, del conjunto de valores, conocimientos, sentidos de pertenencia y vinculaciones afectivas desde el cual se construyó el calor del movimiento revolucionario en su proceso de institucionalización, la identidad política de individuos, grupos sociales y organismos.”   En una situación de transición política como la que ha experimentado el  país no ha sido fácil revertir estructuralmente los efectos de “la cultura súbdito pragmática y providencialista derivada de nuestra herencia cultural revolucionaria”, para consolidar una cultura de una participación legal, responsable y tolerante, capaz de dar fundamento sólido a las dos características principales de las democracias modernas, la representatividad de las instituciones y la gobernabilidad del sistema político en el marco de un efectivo estado social de derecho, donde el papel del ciudadano es preponderante.   El doctor Pedro Castro presentó el tema Soto y Gama y el Agrarismo en México, personaje que desde su juventud mostró  dotes de excepciones de agitador y organizador político mantenidas a lo largo de su prolongada existencia.   Dijo que este revolucionario abrazó de manera sucesiva todas las ideologías posibles de su tiempo: liberalismo, anarquismo, marxismo, agrarismo e incluso el anticomunismo y su compleja personalidad, idealismo, su tormentosa retórica, su enciclopédica cultura política e historia, lo hicieron un personaje fuera de serie.   Expuso que Soto y Gama fue dueño del impulso esencial en favor del campesino sin tierras y con ese mismo espíritu figuró entre los fundadores del Partido Liberal, el Nacional Agrarista y la Casa del Obrero Mundial.    También fue hombre indispensable de la lucha de Zapata y Obregón. En su calidad de ideólogo del agrarismo suriano participó en la elaboración de sus proyectos, leyes y documentos políticos.   El investigador de la Unidad Iztapalapa dijo que los vínculos políticos entre Soto y Gama y Obregón se tradujeron en una cercanísima asociación mutuamente benéfica, donde el primero se encargó de hacer avanzar el programa agrario desde su posición parlamentaria.   El doctor Javier Rodríguez Piña presentó la ponencia Los perdedores de la historiografía nacional: el proyecto ideológico del conservadurismo mexicano antes de 1885, donde expresó que si bien es discutible que el conservadurismo mexicano del siglo XIX haya sido un amplio movimiento social, en cambio se puede afirmar que éste constituyó “una alternativa posible para la organización nacional basada en una serie de ideas y propuestas, discutidas puntal y cotidianamente ante la sociedad mexicana frente a sus opositores liberales a través de la prensa nacional”. Manifestó que se puede interpretar la desaparición formal del discurso conservador dentro de la historiografía nacional, en parte debido al hecho incontrovertible de haber sido el derrotado en la confrontación con los liberales.   Pero también, agregó, porque a los encargados de construir el discurso nacionalista desde finales del siglo XIX se esforzaron en negarlos y en dar una imagen profundamente prejuiciada de sus ideas, sin hacer un mínimo intento por mencionarlos como parte de la historia nacional, y sin tratar de entender el papel que tuvieron como parte de ella

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