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Para los aztecas, el culto a los muertos era en sí mismo una celebración de la vida. Se trataba de sentir cerca de nosotros a nuestros seres queridos. Al carecer de las connotaciones propias del catolicismo, para nuestros antepasados, el lugar al que iban las almas de los difuntos dependía no de la forma en que se habían comportado en vida, sino de la forma en que habían muerto.
Así, el Tlalocan (paraíso del dios de la lluvia) lo habitaban aquellos cuyo deceso se relacionaba de algún modo con el agua: ahogados o por enfermedades como gota e hidropesía, niños sacrificados a Tláloc o muertos por un rayo, durante una tormenta; el Omeyacan (paraíso del Sol) era el destino de quienes morían en combate, prisioneros que eran sacrificados y mujeres al dar a luz. Al Chichihuacuauhco iban los niños y se trataba de un paraíso en el que existía un árbol de cuyas ramas brotaba leche; para todos aquellos que perecían de muerte natural, estaba el Mictlán, pero llegar ahí no era sencillo y para ello necesitaban la ayuda de un perrito para que los guiara al cruzar el río que los separaba de la tierra de los muertos, región del frío que en el mundo nahua se ubicaba al norte.
De la época prehispánica proviene la costumbre de realizar ofrendas que incluían objetos del agrado del difunto y habían sido utilizados por él, como vasijas, caracoles o adornos de obsidiana. Eran comunes también los Tzompantli, hileras de cráneos ensartados mediante perforaciones en los parietales. Dichos restos pertenecían a los sacrificados en honor a los dioses (muerte que era considerada un honor).
Con la llegada de los españoles, el festejo a los muertos en México se comenzó a realizar los días 1 y 2 de noviembre, como resultado de las costumbres católicas de esas fechas en que se solía realizar misas, votos, donativos, oraciones y responsorios por las almas de los fieles difuntos.
También se acostumbraba visitar el camposanto con flores, veladoras y comida que se consumía “en compañía de las almas” de los seres queridos.
[caption id="attachment_135028" align="alignleft" width="300" caption="Pueblos de Atzompa: Foto/www.50mm.mx"]
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Al transcurrir los siglos, el carácter ritual y solemne del culto a los muertos fue adquiriendo un tono festivo e incluso burlesco, en el que se agregaron elementos como las calaveritas de azúcar, el papel picado, pan de muerto, diversos dulces típicos e incluso la costumbre de escribir ingeniosos versos alusivos a la muerte de personajes conocidos que aún viven (las otras calaveritas: las literarias).
La costumbre inicial de “pedir calaverita” que por estas fechas hacían los niños, poco tenía que ver con el trick or treat de los estadounidenses: anteriormente se acostumbraba rezar previo a la entrega de fruta o pan de muerto. Era en ese momento que se compartían los elementos de la ofrenda.
Sobre las ofrendas de muertos, los componentes más representativos de éstas son los siguientes:
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La UNESCO además menciona: "Ese encuentro anual entre las personas que la celebran y sus antepasados, desempeña una función social que recuerda el lugar del individuo en el seno del grupo y contribuye a la afirmación de la identidad..."
Sobre la tradición, establece: "... su dimensión estética y cultural debe preservarse del creciente número de expresiones no indígenas y de carácter comercial que tienden afectar su contenido inmaterial.”
El Conaculta realiza año con año diversas actividades con el objetivo de conservar y dar a conocer las tradiciones de Día de Muertos, por lo que se les invita a participar de la amplia gama de manifestaciones culturales que se pueden encontrar en todo el país relacionadas con estas fechas.Te podría interesar...








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