Antes de los 6 años, Esmeralda deambulaba con su mamá por los pasillos, corredores y andenes de la Central de Abasto, hasta que los educadores de calle convencieron a su mamá de llevarla al Albergue para niñas, niños y adolescentes de la Central de Abasto.
Ubicada en el oriente de la capital del País, la Central de Abasto de la ciudad de México, está instalada en 304 hectáreas, comercializa el 30 por ciento de la producción hortofrutícola nacional, cuenta con 1881 bodegas en el sector de frutas y legumbres, y 338 bodegas en el sector de abarrotes y víveres.
A la Central, como se le conoce coloquialmente, acuden alrededor de 300 mil visitantes cada día.
Uriel tiene 7 años. Nunca ha ido a la escuela pero sabe cómo sobrevivir entre los pasillos y andenes donde, junto con sus padres, pasa sus días recolectando y pelando frutas y verduras.
“Me dicen el bato, el mero, mero bato”, señala Uriel doblando los dedos angular e índice al tiempo que agita la mano.
“No más vengo aquí, a la escuela no me gusta”, aclara frunciendo el seño y con cara larga.
Esmeralda y Uriel dejaron el trabajo infantil para aprender a ser niños, como expresa la directora del albergue, Patricia Ortiz.
“De no haber sido por el albergue, Esmeralda trabajaría como recolectora, al igual que su mamá, nunca hubiera ido a la escuela”, asegura.
Este albergue le arranca a las estadísticas del trabajo infantil 200 niños al día.
La mayoría de los niños y las niñas tienen que pasar por la clase de alfabetización y socialización, antes de ir a la escuela, como es el caso de Uriel.
“Si los aventamos así, se sienten fuera de lugar, y por eso la primera tarea que hacemos es alfabetizarlos y socializarlos porque son niños acostumbrados a estar con los adultos y primero hay que meterlos al mundo de los niños”.
Esto es, cada día 2 niños y niñas tenían como única alternativa de sobrevivencia el trabajo en la calle o vivir en la calle, antes que la protección de su familia y la escuela.
En una ciudad con alrededor de 9 millones de habitantes, que 2 niños y niñas se incorporen a las calles para trabajar todos los días, parece una cifra casi imperceptible, pero a lo largo de una década, suman 6 mil infantes y adolescentes, de acuerdo al diagnóstico del Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia del Gobierno del Distrito Federal (DIF-DF).
Hoy el censo de personas en situación de calle que levantó el Instituto de Asistencia e Integración Social, destaca que en las calles de la ciudad de México viven 44 niños y niñas menores de 4 años; 133, menores de 17 años, los que se suman a los 1 mil 22 jóvenes de entre 18 y 29 años que han optado por las calles para vivir.
Las cifras pudieron ser mas grandes debido a la crisis económica, pues entre 2008 y 2009, las familias experimentaron un deterioro de sus condiciones de vida -una de las causas que arroja a las y los niños a la calle y al trabajo infantil- como señala la directora del DIF-DF, Patricia Patiño.
El informe La niñez y la adolescencia en el contexto de la crisis económica global: el caso de México realizado por el Consejo Nacional de Evaluación y la Unicef, revela que los hogares que experimentaron inseguridad alimentaria severa pasaron del 8 al 17 por ciento en el País.
Mientras que disminuyó el número de hogares que se considera tienen seguridad alimentaria, al pasar el 53 al 43 por ciento, en un solo año.
La callejerización, explica Patiño, es un proceso motivado por diversos factores de riesgo, como son la pobreza, la escasa o nula oportunidad para permanecer en el sistema escolarizado, la descomposición familiar, el abandono parcial o total de alguno de los niños, las adicciones, la falta de espacios y tiempos para la recreación.
Si aunado al impacto de la crisis económica, los niños y las niñas no tuvieran una alternativa de apoyo institucional el número de menores viviendo en la calle no rondaría los 150, podría duplicarse, como se registró a finales de la década de los noventa.
Patiño sostiene que los Centros de Día, ubicados, 2 en el centro de la ciudad, en la Delegación Cuauhtémoc, y otro más al oriente en Iztapalapa, son una política social de contención para que las y los niños dejen las calles, vayan a la escuela y concluyan sus estudios.
“Ninguna mamá quiere llevarse a sus hijos al puesto o que sus hijos estén en la calle mientras trabajan, pero si no tiene el respaldo institucional o no existe la infraestructura a través de una política pública, también están como solas, enfrentando todo como si fuera un problema personal y no social y colectivo”, subraya Patiño.
El albergue de la Central de Abasto, señala, busca que esa población no trabaje, sino que esté en la escuela y al salir de ésta tenga un espacio a donde ir.
“El albergue es un factor de protección porque no nada más sirve para que los niños y las niñas vayan, sino para mantenerlos en la escuela, y la única forma de lograrlo es teniendo el respaldo de los adultos en las tareas, con actividades extraescolares, en el cuidado de la alimentación y la higiene, ese papel juega el Centro", explica Patiño.
“Si los niños y las niñas no estuvieran en el Centro, estarían con sus papás en los puestos o jugando maquinitas o quizá hasta repartiendo ‘paquetitos’, porque los niños nos han reportado que a la salida de las escuelas hay personas que les piden repartir ‘paquetitos’ y por cada uno les dan 20 pesos”, expresa Celsa Piedad Santos, directora del Centro.
¿Cómo los convences de que en lugar de ganarse los 20 pesos por “paquetito”, estudien? Se le cuestiona.
“Es un proceso de formación diaria, de derechos y de responsabilidades y a partir de ahí, cuánto se gana, porque les damos talleres contra las adicciones junto con los Centros de Integración Juvenil y los jóvenes aprenden que si van por ese camino, sólo hay 3 lugares a donde ir: el panteón, la cárcel o el hospital, y que de ahí no se salen.
“Es parte de lo que trabajamos todo el tiempo, no sólo con los chicos sino con los papás”, señala Santos.
Los niños y adolescentes que acuden al Centro de Día Número 2, detalla, son hijos de padres que trabajan como subempleados de los comerciantes desde las 8 de la mañana hasta las 8 de la noche, ganan 800 pesos a la semana y no pueden atender a sus hijos.
“Es una zona complicada, a las chicas, las mafias las enganchan para la prostitución y a los chicos a repartir droga y empiezan muy niños a los 8 ó 9 años, por eso el Centro sí hace la diferencia para muchos”, refiere Santos.
Los Centros de Día, explica Patricia Patiño, directora del DIF-DF son una alternativa real para atender a la población infantil y a los adolescentes en circunstancias difíciles. “Es una política de prevención a la callejerización”, señala.
Los Centros de Día atienden a 450 niños cada mes.
“Es un trabajo de estar atendiendo a cada niño y establecer el vínculo psico-afectivo que requieren, porque la sociedad se lo ha quitado, porque la mamá tiene que trabajar todo el día, y si se encontraran un espacio frío, ajeno, sin una metodología que no tome en cuenta la cuestión afectiva, no los retendríamos”, expresa Patiño.
“El logro más importante de los Centros es mantener al 100 por ciento de los niños y las niñas en el sistema escolarizado”, agrega Patiño.
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