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El Colegio Oaxaqueño de Comunicación, el cual hoy represento, se propuso como objetivo promover la investigación de lo referente a la disciplina de la comunicación, además de participar activamente en las reformas a las leyes, de acuerdo con los principios sociales del Colegio, defender la creación de condiciones sociales más justas.
Evidentemente la tarea no ha sido fácil, quisiera en esta intervención compartirles algunos apuntes desarrollados, desde una postura personal, en relación a las diversas aristas que guarda el título de esta mesa, Efectos de la Comunicación institucional en el Derecho de la Información.
Primeramente vale recordar que una institución se debe a la comunidad, en su definición, las instituciones existen para cumplir una función social en beneficio de las personas, por tanto tenemos, que es un derecho y una obligación saber lo que se hace por nuestro estado de bienestar, y el sexto constitucional tiene la intención de garantizar que se nos provea de la información sobre el quehacer público, a fin de acompañarnos en la toma de decisiones ciudadanas.
Ya lo escribe el Dr. Villanueva en su artículo Derecho de acceso a la información y organización ciudadana en México[1], y lo cito, tal derecho, dice, es por tanto, básico para el mejoramiento de una conciencia ciudadana que contribuirá a que ésta sea más enterada, lo cual es esencial para el progreso de nuestra sociedad.
Si tenemos que hablar del quehacer comunicativo de las instituciones y sus efectos en el derecho a la información, tendríamos que preguntarnos si la comunicación de las instituciones en nuestro estado da cumplimiento a esa garantía constitucional o sólo ocupan recursos para generar una imagen con miras a justificar la permanencia de la institución y del titular.
Desde hace muchos años, fuentes testimoniales han hablado de la viciada relación que existe entre instituciones y medios, el pago no regulado de compensaciones monetarias a reporteros y periodistas; el tráfico de influencias; los atropellos arbitrarios por parte de funcionarios públicos contra publicaciones que los critican; la censura, y la autocensura, y otras conductas típicas y atípicas que han definido históricamente las relaciones predominantes entre esos dos actores sociales, y en donde por supuesto la sociedad queda al margen.
Pareciera que la situación de transición que actualmente vive nuestro estado es un momento oportuno para acabar con esas prácticas y transacciones viciosas entre medios e instituciones.
Ante este contexto, me parece pertinente realizar un corte en la situación actual, e incidir en la búsqueda de mecanismos que faciliten la relación entre instituciones y medios, sin vulnerar las leyes y mecanismos que garantizan la libertad de expresión, el derecho y acceso de la información, y la transparencia de la misma.
Es un hecho que ni las instituciones, ni los medios pueden prescindir de una relación, pero es necesario dejar claro las características que cada una de las partes debe cumplir para verse beneficiadas, económica y mediáticamente pero sobre todo reflexionar que le estamos dando a la ciudadanía y si realmente se garantiza su derecho a estar informada.
Porque más allá de los beneficios que ambas partes puedan encontrar, nuestra sociedad merece, por un lado, instituciones que se precien de ser juzgadas por sus acciones y no por una realidad recreada, y por otro, como ciudadanía urgimos de medios de comunicación veraces, cuya información no se pinte de intereses.
La comunicación institucional no puede seguir siendo entendida como un poder para controlar y subordinar lo que se quiere que la ciudadanía piense, pero se requiere entonces de nuevos procesos comunicativos que cubran las expectativas de información para todas y todos.
Qué podrían implicar estos nuevos procesos.
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