Magriñá puntualizó que a diferencia de otras zonas, la salida obligada de la Compañía de Jesús del Gran Nayar fue posterior, debido a su lejanía y difícil acceso; “ocurrió entre el 23 y el 26 de octubre de 1767. Para esas fechas sólo había siete sacerdotes en lo que hoy es Nayarit; todos fueron convocados para acudir de manera inmediata a la Santísima Trinidad, una de las ocho misiones de la región, donde a las cuatro de la mañana del 26 de octubre llegó un juez acompañado de la tropa militar.
“Andrés Cavo, Joseph de Cavo, Pedro de Oliveros, Antonio Polo y Bartholome Wolf fueron despertados; luego llegaron Ignacio Zamorano e Ignacio Gómez, todos fueron llevados a la sala principal y les quitaron sus llaves; se les comunicó el real decreto de expulsión y se les prohibió comunicarse entre sí y con el exterior, después se prosiguió con el inventario e interrogatorio a cada uno”, narró la investigadora.
Los religiosos salieron rumbo a Guadalajara el 1 de noviembre y hasta el 29 del mismo mes zarparon de Veracruz en la fragata “El Buen Suceso” rumbo a La Habana, Cuba, y luego a Cádiz, España. Llegaron a Europa el 30 de junio de 1769.
Laura Magriñá comentó que los 45 años que estuvieron los jesuitas en las misiones del Gran Nayar no fueron suficientes para evangelizar a los coras, cambiar su cosmovisión y desterrar la idolatría, que era el principal objetivo de la estancia de los religiosos; los indígenas continuaron practicando sus mitotes (rituales) a escondidas, a pesar de que los misioneros los obligaban a hacer ceremonias a la manera católica tridentina.
Los coras terminaron adaptando las costumbres católicas a sus creencias, pero sin modificar su cosmovisión, “la mantuvieron, la practicaron y la transmitieron. De esta manera, las imágenes que llevaron los jesuitas siguieron teniendo un valor equivalente al de sus deidades prehispánicas; por ejemplo, la Virgen de Guadalupe para ellos era en realidad la Madre Tierra”.
De acuerdo con Magriñá, una de las razones fundamentales por las que la evangelización no se concretó fue la lengua; en el transcurso de los 45 años asistieron al Nayar alrededor de 30 jesuitas, de los cuales muy pocos aprendieron el cora, y los que lo hicieron no lograron hablarlo correctamente, además para la buena confesión se necesitaba un conocimiento profundo del lenguaje indígena.
El misionero más destacado en ese ámbito fue el padre Joseph Antonio de Ortega, el jesuita que permaneció más tiempo en las misiones de la Provincia de Nayarit (de 1727 a 1754), y quien en el momento de la expulsión estaba en el Colegio del Espíritu Santo, en Puebla de los Ángeles. Su labor fue fundamental en el conocimiento y difusión de la lengua cora en el contexto lingüístico mundial, a través de los estudios de Lorenzo Hervás y Panduro, y particularmente de Wilhelm von Humboldt.
“De Ortega fue el misionero que se dedicó con más ahínco al estudio de la lengua cora en su variante mariteca, su legado incluye las obras: Las oraciones y cathecismo christiano en lengua cora (1731), Vocabulario en lengua castellana y cora (1732), El confessonario manual en la lengua cora (1732) y Arte de la lengua cora, este último texto no fue publicado y debe estar en alguno de los archivos que conservan acervos sacados de las bibliotecas misionales jesuíticas en el momento de la expulsión”, detalló Magriná.
A la labor de Joseph Antonio de Ortega, añadió la etnohistoriadora del INAH, se sumó la de Andrés Cavo, quien al momento de la expulsión se hallaba en la misión de la Santísima Trinidad; “nunca logró regresar físicamente a México, pero sí a través de su libro Historia de México, el primer estudio en abordar el periodo colonial. La obra fue escrita en Roma, Italia, con la colaboración de Antonio de León y Gama.
Otro texto de Andrés Cavo fue la traducción al latín de la obra Descripción histórica y cronológica de las dos piedras, estudio pionero de León y Gama que aborda el hallazgo de los monolitos de la Piedra del Sol y la Coatlicue, durante los trabajos del nuevo empedrado que realizado en 1790 en el Zócalo de la antigua Ciudad de México.
En el foro académico donde se dieron cita especialistas de Argentina, Brasil, Guatemala, Estados Unidos y México, Laura Magriñá refirió que el mismo día que se fueron los jesuitas de las misiones del Nayar, volvieron los franciscanos para retomar la labor evangelizadora, pues antes que la Compañía de Jesús, la orden franciscana ya había estado —en el siglo XVI— en esta región para realizar la tarea de conversión religiosa, aunque sin éxito.
“Con el regreso de los franciscanos si bien siguieron las mismas prácticas religiosas y el sistema misional continuó funcionando, en realidad había muchos problemas: las comunidades se confundieron, tuvieron la sensación de que ‘el mundo se iba a acabar’; en tanto que los religiosos tardaron en adaptarse a la región, además, los tres primeros meses los franciscanos recibieron un sueldo de la Real Hacienda, pero luego les dejaron de pagar.
“En resumidas cuentas, se perdió la autoridad eclesiástica; los indígenas tuvieron más libertad para recuperar lo relativamente perdido: sus prácticas rituales”, concluyó la etnohistoriadoraTe podría interesar...








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