Tras una estancia en el penal guanajuatense de Puentecillas donde gobernaba el amigo de Calderón Hinojosa, Juan Manuel Oliva, lo clasificaron como un reo de alta peligrosidad que podría poner en peligro la estabilidad del penal porque con cualquier objeto puede causar problemas. Tal clasificación provocó su traslado a Puente Grande a la zona de alta peligrosidad.
Seis meses desnudo en un espacio de 2x3 metros, escasa comida y salidas de aquel espacio por las noches, para ser bañado con agua a presión mientras los perros le ladraban en la cara, “me hacían volver calientito” a la celda, parecida o peor a los campos de exterminio del gulag soviético que vemos y de los que nos asombramos en las películas.
Frente a estas experiencias, afirma Lemus al auditorio compuesto en su mayoría por jóvenes universitarios, pero también por público en general, “los intentos de suicidio son constantes. ‘El clavado de la muerte’, que no es otra cosa que los presos se lanzan con toda fuerza hacia arriba y tratan de dar una pirueta para caer de cabeza al suelo, muchas ocasiones sólo los deja paralíticos y andan en silla de ruedas”.
Incluso, afirma, los trabajadores del área de psicología del penal les dan terapias para inducirlos. Y les ofrecen como presuntas armas pequeños pedazos de grafito. Tales terapias también incluyen la entrega de dos cuadros diarios de papel sanitario y la frase de que “esto es lo único que tienes”, de manera literal porque al estar desnudos, es lo único con lo que en realidad cuentan.
Y con la solidaridad de los otros malditos como narra, al recordar la ocasión que fueron castigados una semana sin comida y lo único que podían tomar era su propio y escaso orín. Ahí conoció a aquellos hombres señalados de ser los grandes y peligrosos criminales de la sociedad mexicana en su lado íntimo, su lado humano.
“Cómo no quebrarte ante la acción de solidaridad de Daniel Arizmendi, “El Mochaorejas”, que no sabes cómo pero logra hacerse llegar una tortilla dura y te comparte una parte de ella tras una semana sin comer” o “ver cómo todos, incluso yo, nos acercamos a Rafael Caro Quintero para contarles de nuestros problemas, porque era como el gran tío a quien todos acuden, porque es el hombre más sensato y que siempre tiene un consejo a flor de labio”.
Fue con esos pedazos de grafito y de papel que comenzó a escribir un gran reportaje, el de “Los Malditos”, resultado de sus conversaciones con Alfredo Beltrán Leyva, Mario Aburto y los ya mencionados, entre otros, “para salvarme de la miseria a que me llevaron”, a la vez que inició su propia defensa porque a los abogados que lo representaban los mataron, hasta que logra su absolución.
Aquel infierno sostenido durante los tres años en que estuvo preso y su afirmación de que “a mí me fue bien… fui a parar a una cárcel federal” sólo puede entenderse cuando termina el enunciado: “porque no terminé con un balazo en la frente ni tirado en un basurero o a la orilla de la carretera como muchos otros periodistas”.
.
Mayor información en:Te podría interesar...








Esta conversación es moderada acorde a las reglas de la comunidad “Ciudadanía Express” . Por favor lee las reglas antes de unirte a ella.
Para revisar las reglas da clic aquí