“Así, las plazas y los llamados ‘templos’ serían el patio ritual principal del conjunto y las habitaciones de la familia fundadora del linaje o de la mayor jerarquía, respectivamente, de ahí las diferencias entre las habitaciones delimitadas por patios y los ‘templos’ por plazas, pues éstos desplantan sobre pequeñas plataformas individuales, dándose mayor importancia jerárquica”, explica el investigador.
Por la ubicación de Tetitla, Zacuala, Yayahuala, Atetelco y Totometla, el autor propone la existencia de un barrio que tendría por límites al sur y al este el río San Juan, al oeste la barranca Cosotlán y al norte el área inmediata al Palacio de Zacuala.
Totometla tuvo una secuencia ocupacional desde la fase Tlamimilolpa (225-350 d.C.) hasta finales del periodo Clásico, en la fase Metepec (550-650 d.C.).
La información contenida en el libro deriva del Proyecto Especial Teotihuacan, que en su momento estuvo bajo la dirección del arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma, y mediante el cual se estudió una sección de Totometla.
Alberto Juárez Osnaya detalla que en el sitio hay restos arquitectónicos con pintura mural, correspondientes al periodo de mayor expansión de Teotihuacan, durante las fases Xolalpan Temprano y Tardío (450-650 d.C.); sobre estas obras también se hizo un estudio iconográfico e iconológico.
En el panel inferior del mural más grande de Totometla están representadas guacamayas, que para los antiguos teotihuacanos simbolizaban un ave solar o nahual del sol; un diseño reticulado formado por dos bandas que aparentan corrientes de agua y fuego, así como el glifo “ojo de reptil” representado cuatro veces, haciendo alusión a los cuatro rumbos de la superficie terrestre y que el autor interpreta como representación de la fundación de la ciudad y su división en cuatro cuadrantes.
De acuerdo con él, Totometla fue habitado por una familia extensa de un linaje sacerdotal (familias nucleares y sirvientes); “es decir, que este barrio de alta jerarquía fue utilizado por el Estado teotihuacano como un medio de control ideológico de la población, por ser ellos poseedores del conocimiento especializado.
“Los espacios donde se representan las pinturas murales determinan la función de este conjunto: edificios destinados a la especialización ideológica y política por medio de sacerdotes encargados de cultos determinados, como la fertilidad, la lluvia y los cerros, como podemos inferir por la iconografía: tlaloques, caracoles cortados de manera transversal y pares de aves inmaduras y otras ya adultas, símbolos del poder político o el calendario”.
Dada su rica simbología religiosa —aclara—, “los murales son probablemente la representación gráfica de los rituales llevados a cabo por los sacerdotes, tanto en el ámbito doméstico como en las festividades del barrio”.
Juárez Osnaya destaca que en las últimas décadas se ha intensificado el estudio de la estructura espacial de Teotihuacan, la urbe más grande de América en la época prehispánica —llegó a tener una extensión de más de 22 kilómetros cuadrados—, donde, según el plano de la ciudad elaborado por el doctor René Millon, se tiene documentada la existencia de aproximadamente dos mil de estos conjuntos.
Aun cuando sólo se han explorado cerca de 20 de estas áreas apartamentales de manera parcial, de acuerdo con cálculos del arqueólogo, su excavación ha conducido a un mejor conocimiento de la estructura social, económica y política de la gran urbe del periodo Clásico en Mesoamérica, y que estaba organizada en barrios.
La presentación del libro El desarrollo arquitectónico de Totometla en el marco urbano de Teotihuacan se llevará a cabo el 21 de febrero en el Salón “Manuel Tolsá” del Palacio de Minería (Tacuba 5, Centro Histórico), a las 15:00 horas, con los comentarios de los arqueólogos Alejandro Sarabia y Rubén Cabrera Castro.
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