Para José Antonio Rodríguez, autor de Agustín Jiménez: memorias de la vanguardia, catálogo de la exposición homónima que el Museo de Arte Moderno montó hace algunos años, la carrera de este creador como fotógrafo autoral fue meteórica debido tanto a su genio —desde niño estuvo imbuido en el mundo de la imagen— como a su posterior ingreso en la demandante industria cinematográfica.
“En poco más de una década, aproximadamente de 1928 a 1939, hizo lo que muchos conocen ahora. El cine lo absorbió. Esa fue la razón por la que Agustín Jiménez pasó a la posteridad como uno más de los cinefotógrafos y no como el gran fotógrafo vanguardista”.
La figura de Jiménez comenzó a despertar de este letargo hace unas décadas a partir del interés de algunos historiadores de la fotografía como el propio Rodríguez y Carlos A. Córdova, quienes han redescubierto a un personaje que tuvo un peso específico, rotundo, dentro de una generación de fotógrafos de la vanguardia, “chamacos” que fueron criticados por los fotógrafos consagrados al romper con los cánones de la gramática visual conocida.
Esos nuevos códigos incluían inusitados puntos de vista (el contrapicado o picado para redimensionar las formas de la figura humana); la abstracción basada en las formas geométricas; el emplazamiento de la cámara que le ofrecía un dinamismo a los objetos (en ascenso, en evolución, en simetría, ondulantes, en fuga); las segmentaciones corporales y la temática de lo mecánico (fábricas, silos, estructuras industriales, objetos de metal).
“Más que fotógrafos, eran intelectuales”, comenta José Antonio Rodríguez refiriéndose a Manuel y Lola Álvarez Bravo, Emilio Amero, Luis Márquez Romay y Agustín Jiménez, pero también a Aurora Eugenia Latapí y Miriam Dillmann, quienes incursionaron en esta disciplina guiadas por Jiménez y lograron desarrollar un lenguaje personal.
“Juntos formaron una vanguardia que exploró, redimensionó y se alimentó de las vanguardias fotográficas europeas, como el constructivismo ruso y la Nueva Objetividad alemana. Pero la vanguardia mexicana influyó a su vez en la estadunidense que surgiría hasta 1934.
“En México, entre 1923 y 1926, ya teníamos a Edward Weston y a Tina Modotti, para 1928 se hace una gran exposición de fotografía mexicana y un año después Agustín Jiménez realiza su primera muestra. Esto generó una nueva cultura fotográfica y una nueva manera de ver a un mundo que estaba cambiando”.
El editor de la revista Alquimia del Sinafo, señala otro hito, la convocatoria que en agosto de 1931 lanzó la fábrica de cemento La Tolteca para promocionar mediante un concurso artístico sus modernas instalaciones en Mixcoac, y aunque Manuel Álvarez Bravo ganó el primer lugar conTríptico de cemento, y Jiménez se llevó el segundo con Síntesis, fue éste quien obtuvo la mayor suma monetaria al ser reconocido en ocho categorías.
La primacía de la fotografía en el concurso de La Tolteca (las otras categorías eran pintura y dibujo) no sólo es señal de que el medio prosperaba, sino de que el tema en sí se concebía más afín a la cámara que al pincel o al lápiz.
Agustín Jiménez fue uno de los más notables exponente de esa fuerte corriente que terminó por cambiar nuestra manera de ver y percibir a las imágenes. Una figura imprescindible de la fotografía mexicana, tanto así que su legado es motivo de una distinción 42 años después de su muerte, una obra con muchos cauces y que está disponible al interés de investigadores e instituciones.Te podría interesar...








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