Los vendedores de barbacoa son los primeros en llegar. Barren su espacio, instalan el mobiliario, llenan los anafres con carbón y les prenden fuego, aquí, en este momento, es cuando la magia comienza a surgir y el vapor que expiden tanto los caldos como la carne, que se cuece lentamente a baño maría, comienzan a inundar el lugar.
El olor a chiles mezclados con la hoja de aguacate, la pimienta y el laurel, opacan en cierta medida el fuerte olor a la carne de chivo, la cual al cabo de unas horas se volverá tan jugosa que se desmenuza al tocarla.
Avanza la mañana, y cada vez más gente de poblados cercanos como San Martín Peras, La Lobera, San Lucas Tlanichico, y otros más lejanos como Santa María Atzompa, embellecen sus puestos con artesanías típicas: hermosas ollas de barro, se mezclan con bellas jícaras y canastos de carrizo.
El mercado “Alarii” se abarrota los jueves: donde antes había cinco tortilleras ahora hay diez; lo mismo sucede con los puestos de comida ya preparada y el menú se amplía: patitas de cerdo en vinagre, higaditos con huevo, quintoniles hervidos y brócoli capeado, opacan al tradicional huevo con arroz, chorizo con papas y verduras hervidas. En el exterior del mercado también se encuentran las fondas que ofertan el tradicional mole negro, el coloradito, verde de espinazo, estofado, frijoles con pata y caldo de pollo.
Algo parecido ocurre con los panes: el marquesote y el pan de yema, llaman la atención de los comensales, sin embargo, el único pan que se expende recién hecho es el de las familias zaachileñas, quienes a pesar de competir por la venta de sus productos, ven en esta actividad una plataforma para sobre salir, ya sea por la frescura de sus productos o por su elaboración tradicional.
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