Y para hacer frente a la inusitada demanda de ollas, Rosario Luis y su marido se afanan con el torno, se humedecen las manos para dar la forma precisa al recipiente, luego se pondrán a secar con la ayuda del hermano sol, que dijera el vate Pellicer.
Una vez disipada buena parte de la humedad del barro, se colocarán en el fondo del horno de cocción. Ahí, el alto calor hará su tarea para dar el punto adecuado a la olla.
Ahora, Rosario, allá por la juchiteca novena sección, toma nota de los pedidos, apunta, calcula presupuestos, señala fechas de entrega.
Sonríe.
Buen tiempo sopla para los próximos días en la casa taller.
Se oculta el sol. Deja que salga la luna, ésta, la de octubre, que es más hermosa.
Viene cabalgando la esperanza.Te podría interesar...








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