

Lilia TORRENTERA G.
Oaxaca.- Se cumplen 35 años de la partida de uno de los artistas mexicanos más universales de todos los tiempos, Rufino Tamayo quien falleció el 24 de junio de 1991 en la Ciudad de México, a los 93 años.
Oaxaca, la tierra que lo vio nacer y a la que siempre regresó, lo recuerdará este miércoles con una propuesta que cruza el arte sonoro, el patrimonio prehispánico y el arte contemporáneo que Tamayo enarboló a los largo de su vida..
Paisajes sonoros en el museo que él mismo construyó
El Museo de Arte Prehispánico de México "Rufino Tamayo", recinto que el propio artista fundó para compartir con el mundo su colección de piezas precolombinas, será el escenario de un homenaje inusual este miércoles 25 de junio: la presentación de los Paisajes Sonoros "La florecita del ejote", composición del propio artista y que pocas veces ha sido difundida como experiencia inmersiva gracias a integrantes de la Orquesta Pastono.
La actividad se ofrecerá en tres horarios a lo largo del día para permitir la mayor asistencia posible, en un formato que invita al visitante a habitar el museo no solo con los ojos, sino también con el oído, explorando la dimensión musical de un artista que muchos conocen únicamente por sus lienzos y murales.
El viernes 27 de junio, a las 11:30 horas, el museo ofrecerá el taller sobre coleccionismo de piedras prehispánicas en México y el Mundo, una actividad que conecta directamente con la pasión que definió a Tamayo como coleccionista: su amor profundo e irreductible por el arte de las civilizaciones originarias de América.
El mixteco que pintó el universo
Nacido el 25 de agosto de 1899 en Oaxaca, Tamayo es recordado por su contribución significativa a la pintura y el arte moderno, y por su capacidad para fusionar lo local con lo global, lo tradicional con lo moderno.
Su talento y su propio estilo artístico le permitieron exponer en Nueva York, donde vivió por un tiempo, y posteriormente en Venecia, lo que lo llevó al éxito en París. En 1957 fue nombrado Caballero de la Legión de Honor de Francia, distinción que siempre consideró como un reconocimiento valiosísimo al provenir de un país que, para él, había sido la cuna del arte de vanguardia.
Sin embargo, Tamayo siempre volvió. Y esa tensión entre el mundo y la raíz es precisamente lo que hace de su obra un fenómeno irreproducible. En lugar de centrarse en los temas políticos y sociales del muralismo dominante de su época, desarrolló un estilo propio que combinaba elementos del arte precolombino con las influencias del arte moderno europeo y norteamericano, creando un lenguaje visual distintivo con colores vibrantes y una mezcla de figuración y abstracción.
A lo largo de su vida pintó más de mil 300 óleos, realizó 465 obras gráficas entre litografías y mixografías, 350 dibujos, 20 murales y un vitral. Sus murales se encuentran en el Palacio de Bellas Artes, el Museo Nacional de Antropología y el Conservatorio Nacional de Música en México, así como en el Dallas Museum of Arts, la Biblioteca de la Universidad de Puerto Rico y la sede de la UNESCO en París.
La ausencia que sigue habitando los muros
Treinta y cinco años después de su muerte, la pregunta que recorre los pasillos del museo que lleva su nombre es inevitable: ¿qué habría pintado Tamayo hoy?
Su legado trasciende el lienzo. Fue el primer artista mexicano en romper con la hegemonía del muralismo político sin traicionar sus raíces indígenas, en demostrar que la identidad no es un límite sino una fuente inagotable, y en instalar la sensibilidad oaxaqueña —su luz, sus colores, su cosmogonía zapoteca y mixteca— en los grandes museos del mundo.

