El Estado canaliza recursos para asegurar la equidad entre los partidos y ahora esos flujos ascendentes contribuyen a su "cartelización". Las diversas reformas de la transición han producido partidos que son cárteles de la política y operan como tales. Deciden quién participa en ella y quién no; deciden cuánto dinero les toca y cómo reportarlo; deciden las reglas del juego y resisten demandas para su reformulación; deciden cómo proteger su feudo y erigen barreras de entrada ante quienes -como los candidatos ciudadanos- intentan democratizarlo. Partidos que canalizan el dinero público para pagar actividades poco relacionadas con el bienestar de la sociedad. Organizaciones multimillonarias que en lugar de transmitir demandas legítimas desde abajo, ofrecen empleo permanente a los de arriba. Organizaciones autónomas que extraen sin representar y usan recursos de la ciudadanía sin explicar puntual y cabalmente su destino. Agencias de colocación para una clase política financiada por los mexicanos, pero impermeable ante sus demandas.
Hemos creado una partidocracia que más bien parece una cleptocracia; un engranaje que arrebata en nombre de la democracia pero merma su calidad. Un círculo vicioso creado por personas que se incorporan a partidos políticos que viven del financiamiento público, cuyo origen es el dinero de los contribuyentes. Esos partidos políticos postulan diputados y senadores que pasan a conformar el Congreso. Ese Congreso se encarga de elaborar las leyes que rigen la contienda electoral, de aprobar el presupuesto del INE, de elegir a sus consejeros cuya autonomía se ha vuelto inexistente. Cada elección el círculo vicioso comienza de nuevo, empoderando a la clase política del país pero saqueando a sus habitantes.
Allí están los resultados. Elecciones competitivas pero demasiado caras. Partidos bien financiados pero poco representativos. Contiendas equitativas pero donde todos tienen la misma capacidad para gastar sumas multimillonarias. Reglas políticas que aseguran una democracia electoral pero inhiben una democracia que rinda cuentas. Partidos cartelizados que con la complicidad de la autoridad electoral pueden violar las reglas pero continuar compitiendo y enriqueciéndose. Una democracia onerosa para el país y fársica para los contribuyentes que la financian.
Utilizar los impuestos para asegurar las ventajas inconstitucionales de los partidos no es democracia sino despojo. Es arrebato. Es abuso. Así se seguirá percibiendo lo que cuesta la democracia hasta que alguien en el Poder Judicial atienda nuestro amparo y ponga un alto; hasta que alguien diga que el INE y los partidos están violando la Constitución; hasta que alguien acote los privilegios partidistas y rompa el cochinito que quieren seguir engordando.Te podría interesar...








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