Un niño trabaja en una empresa de maquila textil en el estado de Puebla, en el centro de México. Crédito: Archivo de investigación de Joaquín Cortez[/caption]
El caso de México
México es otro de los países latinoamericanos que más padece la explotación laboral infantil, en sectores como la agricultura y también en las empresas de maquila, que manufacturan materia prima extranjera para su reexportación.
Un niño trabaja en una empresa de maquila textil en el estado de Puebla, en el centro de México. Crédito: Archivo de investigación de Joaquín Cortez
En México, con 122 millones de habitantes, hay más de 2,5 millones de niños trabajadores, 8,4 por ciento de la población infantil. El problema se concentra en los estados de Colima, Guerrero y Puebla, explica Joaquín Cortez, autor de la investigación “Esclavitud moderna de la infancia: los casos de explotación laboral infantil en las maquiladoras”.
Cortez investigó en particular las maquilas textiles del central estado de Puebla.
Allí los niños “se encuentran en condiciones extremamente precarias, además de trabajar semanalmente por más de 48 horas, percibiendo salarios de entre 29 a 40 dólares por semana. Para soportar las cargas laborales muchas veces inhalan drogas como marihuana o crack”, relató a IPS el investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
En algunas maquilas “se han utilizado estrategias para evadir responsabilidades. Como el caso de los niños y niñas trabajadoras que ante inspecciones laborales, esconden en los baños entre los bultos de los pantalones de mezclilla”, dijo Cortez.
“Trabajan en espacios verdaderamente inhumanos y calurosos. No se les otorga ni las más mínimas medidas de seguridad como un tapabocas para que no inhalen pelusa de los pantalones de mezclilla o guantes para descoser piezas, lo que les lastima los dedos. El trabajo repetitivo de corte de piezas con grandes tijeras les hiere sus manos”, describió.
En definitiva, Cortez constató que “están más en riesgo porque trabajan como o más que un adulto y ganan menos”.
En ocasiones estos niños “son agredidos verbalmente por no apurarse a sacar la producción que el encargado de las maquiladoras necesita. Las niñas además suelen ser acosadas sexualmente por sus compañeros de trabajo”, agregó.
Cortez atribuye las causas de este trabajo infantil “además de ser mano de obra barata para los dueños de las pequeñas y grandes maquiladoras”, a la desigualdad y pobreza y a la escasa organización social, pese a los intentos de resistencia.
Situación en Brasil
En Brasil, un estudio del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), divulgado en 2017, reveló que de 1,8 millones de menores de edad entre 5 y 17 años que trabajan, 54,4 por ciento lo hace de manera ilegal.
En este país sudamericano de 208 millones de personas, la legislación admite el trabajo desde los 14 años pero como aprendiz y entre los 16 y 18 años, exceptuando labores nocturnas, peligrosas o insalubres.
Artículos relacionados
El mundo está perdiendo la batalla contra el trabajo infantil
América Latina lidera en avances contra el trabajo infantil
Una de las autoras del informe, la economista Flávia Vinhaes aclaró a IPS que aunque no siempre el trabajo infantil ocurre en condiciones de esclavitud o análogas. “El trabajo a ser abolido bajo cualquier condición es aquel entre 5 y 13 años, siempre caracterizado como trabajo infantil”.
Entre los ocupados en esa edad, 74 por ciento no recibía remuneración.
Otro indicador reveló que 73 por ciento de esos niños laboraban como “trabajador auxiliar”, ayudando a un familiar en su actividad productiva.
“Tanto las tareas domésticas como el cuidado de personas componen una definición amplia de trabajo infantil que pueden estar en conflicto con la educación formal así como ejecutadas en horarios prolongados o sobre condiciones peligrosas”, sostuvo Vinhaes.
La investigación mostró que 47,6 por ciento de los trabajadores entre 5 a 13 años está en el sector agrícola, por una arraigada costumbre.
Allí “se apunta que en la agricultura tradicional, niños y adolescentes realizan trabajo bajo supervisión de sus padres como parte integrante del proceso de socialización, o sea como un medio de transmitir de padres a hijos técnicas tradicionalmente adquiridas”, recordó.
“Esa situación no debe ser confundida con la de los niños que son obligados a trabajar regularmente o durante jornadas continuadas a cambio de alguna remuneración o apenas para ayudar a sus familias, con consecuentes prejuicios para su desarrollo educativo y social”, destacó. “Existe una línea tenue entre ayudar y trabajar de manera que sea cultural y educativa”, concluyó.Te podría interesar...

Esta conversación es moderada acorde a las reglas de la comunidad “Ciudadanía Express” . Por favor lee las reglas antes de unirte a ella.
Para revisar las reglas da clic aquí