Derrotado por amplio margen, McCain regresó al Senado resuelto a no permitir que lo definiera una campaña fallida en que se marchitaron sus laureles de rebelde. Siempre luchó enérgicamente por sus ideas y replicó con fuerza a sus detractores, Trump entre los primeros.
Ante la pregunta sobre cómo quería ser recordado, McCain respondió: “como alguien que hizo un gran aporte a la defensa de la nación”.
Un voto suyo hacia el final de su carrera, en 2017, pasará a la historia: Con su decisivo “no” a la derogación de la ley de Cuidado de Salud Asequible, McCain fue el insólito salvador de la mayor hazaña legislativa de Obama.
Fue la coronación de su carrera, ya que para entonces le había sido diagnosticado un agresivo cáncer cerebral. Poco después, regresó a Arizona a recibir tratamiento.
Lejos de pasar sus últimos meses en silencio, desde su hogar en Hidden Valley atacó con frecuencia a Trump. Se opuso a su designada para directora de la CIA debido a que había supervisado el empleo de tortura; fustigó al presidente por su actuación en una cumbre internacional en la que se malquistó con los aliados; calificó su política inmigratoria de tolerancia cero de “afrenta a la decencia del pueblo estadounidense” y denunció la cumbre Trump-Putin en Helsinki como un “error trágico” y “uno de los desempeños más vergonzosos de un presidente estadounidense que se recuerde”.
En octubre de 2017, McCain formuló una crítica furibunda a la política exterior de “Estados Unidos primero” _aunque sin nombrar a Trump_, calificándola de “nacionalismo mediocre y espurio tramado por personas que prefieren encontrar chivos emisarios en lugar de resolver problemas”.
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